A Ángel Arroyo le veían todos los días yendo de allá para acá en bici para ahorrar coche, salvo cuando llovía. La lluvia no le gustaba, entre otras porque nadie lava el coche. Llovía el martes, cuatro gotas, no más, que rebotaban sobre las piedras austeras de Ávila dura, y a él, tan barroco, le decían el funeral en una iglesia oscura, más muros que vidrieras, y la sobriedad de la negrura solo la libraban un Santiago matamoros descolorido en el retablo y Bach en los dedos del organista que llenaba de hermosura el ambiente tan triste. En la puerta muchos ciclistas antiguos, y uno de ellos, su mejor amigo, Tasio Greciano, albañil en Galapagar, 15 días sin dormir al lado de su cama en el hospital, la voz lenta y clara de siempre, grandes ojeras bajo sus ojazos, recuenta una vez más el último año de Ángel, el frío que sintió durante unos días en Canarias, la confusión cuando pensó que le habían robado el coche que no encontraba en el parking del aeropuerto, la biopsia del tumor del cerebro que tardó en hacerse…
Chava Jiménez y Ángel Arroyo: dos ciclistas barrocos comparten eternidad en la Castilla dura y austera

October 7, 2026
elpais.com
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