
El fútbol siempre fue la excusa. Era la razón para desencadenar una alegría reprimida, festejos ahogados y reencuentros frustrados. Lo que fue este Mundial para México fue más allá del fútbol. Solo fueron 13 partidos, pero fueron semanas en las que se pausó la cruenta realidad para ver a la selección mexicana, para apoyar a quien se dejase apoyar y hacer volar a quien fuera. En esos días, las preocupaciones pasaban más por dónde ver el partido, qué cábala seguir, cómo protegerse de la espuma o limpiar los zapatos tras los festejos en las calles llenas de agua, lodo y alcohol.



