Rodrigo Fresán escribió en una ocasión que “el pasado es un juguete roto que cada quien arregla a su manera”, y Jesse Austin —o, más bien, las tres Jesse Austin de este libro— le daría la razón sin dudarlo. Unos 22 años atrás, Jesse perdió por unas milésimas de segundo, y ante una nadadora australiana, la competencia de cien metros estilo libre en los Juegos Olímpicos de 1968 en Ciudad de México; tenía 17 años y era la mayor esperanza de la natación estadounidense, pero la esperanza es peligrosa, y conviene tenerla a raya. “Durante unos segundos sobresaturados, Jesse siente, ve, huele y oye todo. El calor apabullante, el cielo mexicano teñido de blanco por un sol plano que ejerce la presión de un hierro al rojo sobre la curva de sus hombros. El olor a cloro y a aceite para bebés y a algo que no es exactamente sudor sino más bien un equivalente acuático, ese efluvio que despiden los nadadores minutos antes de una prueba, esa combinación embriagadora de excitación, miedo y anhelo”. Minutos después, al trepar por el bordillo de la piscina, después de la carrera, Jesse siente que las cosas han dado un giro radical y va a tomarle el resto de su vida —o de sus vidas— averiguar en qué dirección lo han hecho.

Aguamarina
Carol Anshaw
Traducción de Regina López Muñoz
Errata Naturae, 2026
256 páginas. 23 euros


