Imitar, variar, desarrollar: sobre estos tres verbos, casi a modo de grandes pilares, ha ido construyéndose durante siglos la historia de la música occidental. La imitación, la variación y el desarrollo o la elaboración de una idea o motivo han demostrado ser principios enormemente fértiles para componer obras musicales de una cierta enjundia. La imitación lleva siglos produciendo, por ejemplo, cánones y fugas, o amagos de unos y de otras; el desarrollo fue vital para la conformación del estilo clásico y es un elemento omnipresente —por simplificar— en sonatas y sinfonías de los cuatro últimos siglos; la variación puede ser puntual o sistemática, concebida en este último caso como una serie de transformaciones —Veränderungen es justamente el término alemán que encontramos en la cubierta impresa tanto de las llamadas Variaciones Goldberg de Bach (en realidad, la cuarta entrega de su Clavier-Übung) como de las conocidas como Variaciones Diabelli de Beethoven, su secuela natural— de un tema inicial, a veces propio y casi siempre ajeno. En el caso de Bach, ni siquiera es una melodía, sino las notas del bajo del aria inicial. Los tres principios pueden también actuar en connivencia, y así ha sucedido de hecho muy a menudo: fue Arnold Schönberg quien acuñó el concepto de “variación desarrollada”, y encontramos cánones y fugas en las dos grandes series de variaciones de Bach y Beethoven recién mencionadas.

Beethoven: Variaciones para piano
Cédric Tiberghien
Harmonia Mundi
6 CD


