
En 2015, uno de cada diez alumnos de 15 años en España tenía origen migrante. Una década más tarde, su peso casi se ha doblado y representan uno de cada cinco. Su número ha aumentado un 85%, más del doble de lo que lo ha hecho en el conjunto del mundo desarrollado. El Informe PISA, de donde proceden los datos, subraya que la diversidad en las aulas no supone en sí misma un problema. Pero sí implica, añade, un reto, tanto para los propios chavales como para los sistemas educativos que los acogen, debido a que la “condición de migrante suele coincidir con otros factores de vulnerabilidad”, como la socioeconómica, y a que muchos hablan en casa una lengua distinta a la de la escuela. Dentro de España, apuntan los responsables del estudio, el factor lingüístico hace más exigente su incorporación en las comunidades autónomas con idioma cooficial.


