Badya Piracel Florence llega cuando todo ha terminado. O cuando está a punto de terminar. Su trabajo consiste en enterrar a quienes han muerto por ébola en Bunia ―el epicentro de la epidemia que se declaró el 15 de mayo en la República Democrática del Congo (RDC)―, sin poner en peligro a quienes siguen vivos. En cada intervención encuentra el mismo escenario: familias destrozadas, personas que quieren despedirse de sus seres queridos, padres, hijos y hermanos que desean tocar por última vez el cuerpo que están a punto de perder. Ella debe evitarlo. “No estamos aquí para impedir que las familias hagan su duelo. Nuestra misión es proteger a los vivos al tiempo que honramos a las personas fallecidas con respeto y dignidad”, explica a este diario. Porque el ébola, una de las enfermedades infecciosas más letales del mundo, puede seguir transmitiéndose tras la muerte a través del contacto con el cuerpo de la víctima.






