En una finca de Villanueva de Alcorón (Guadalajara), en un bosque de robles, pastan 39 caballos de Przewalski, unos pequeños equinos parecidos a cebras, pero de color marrón y sin rayas. No son originarios de ningún ecosistema ibérico, sino de las estepas asiáticas, y han sido traídos de proyectos de recuperación de Hungría y Francia, de los pocos sitios donde sobreviven estos animales, además de China y Mongolia. “Son los únicos caballos salvajes que quedan en el planeta, porque no llegaron a ser domesticados, y lo más parecido a los extintos caballos salvajes ibéricos”, asegura Mara Zamora, directora de la fundación Rewilding Spain, la entidad detrás de ensayos como este que se están llevando a cabo en Castilla-La Mancha y Aragón.




